
Daniela Alanis Mendez
9 sep 2025
Autor de Bar Sport y una veintena de novelas, mezclaba lo grotesco y lo melancólico inventando mundos delirantes.
El escritor italiano Stefano Benni, uno de los grandes autores de sátira y literatura humorística de su país, falleció este martes a los 78 años en Bolonia, su ciudad natal, en la residencia de artistas donde vivía.
Considerado un maestro de la sátira por exageración quizá la única eficaz en un país exagerado, Benni tenía un talento excepcional para captar la ironía y descubrir el ángulo gracioso de la vida cotidiana, al tiempo que creaba delirantes mundos inventados. Torrencial y divertidísimo, poseía una creatividad aparentemente inagotable para idear personajes, situaciones y despropósitos cómicos: un caos muy italiano en el que millones de lectores se han visto reflejados durante décadas. Era uno de esos autores cuyas novelas se encuentran en las playas italianas, en manos de alguien que ríe a carcajadas.

Su primer libro, Bar Sport (1976), marcó un antes y un después. Con él creó el estereotipo nostálgico del bar de provincias como microcosmos en el que desfilan parroquianos y vecinos con teorías tan grotescas como sus comportamientos. Entre los personajes inolvidables está la Luisona, una pasta de té endurecida y exhibida desde los años cincuenta, que acaba en el estómago de un incauto viajante milanés con consecuencias fatales. Aún hoy, cuando en Italia se produce un debate absurdo en el que cada uno compite por decir la tontería más grande, se dice que es “una cosa de Bar Sport”. Benni no solo creó escuela: también fue ampliamente imitado.

Nacido en Bolonia en 1947, relataba siempre una infancia idílica y algo salvaje en los montes Apeninos, interrumpida cuando su casa fue demolida para abrir paso a la Autopista del Sole. Ese episodio lo marcó y lo dejó de por vida ligeramente enfrentado a las instituciones. De niño, una vez lo encontraron aullando con los perros en plena noche, lo que llevó a sus preocupados padres a consultar a un psicólogo. Aun así, siempre rehuyó todo lo que tuviera que ver con oficinas o despachos.
Comenzó escribiendo en revistas cómicas, elaboró guiones para el entonces incipiente cómico Beppe Grillo y más tarde pasó a la prensa satírica y política, colaborando en medios como Il Manifesto, Il Mondo, Panorama y L’Espresso.

Con Bar Sport dio el salto definitivo a la literatura. Siempre publicó con Feltrinelli y fue clave su encuentro con la editora Grazia Cherchi. “Yo era un joven escritor suspendido entre la presunción y la inseguridad, que se contentaba con hacer reír un poco. Ella me empujó, me criticó, me animó, sacó de mi escritura riquezas que no sabía que tenía”, recordaba.
Su obra, traducida a 30 lenguas pero poco conocida en España, abarcó poesía, teatro y cine. Excesivo y meticuloso, no se detenía ante nada a la hora de recrear desde cero un barrio popular o un planeta extraterrestre. Entre sus novelas más conocidas figuran:
Terra! (1983), relato apocalíptico de ciencia ficción en el que tres imperios se disputan la conquista de un nuevo planeta habitable.
Stranalandia (1984), donde dos zoólogos náufragos llegan a una isla poblada por animales nunca vistos.
Comici spaventati guerrieri (1986), historia de un grupo de amigos de un barrio marginal que investigan la muerte de un vecino.
La Compagnia dei Celestini (1992), sobre los niños de un orfanato en un país imaginario, Gladonia, trasunto de Italia, que cada año son llevados a ver al Gran Merengue, parodia del Papa.
Los años ochenta y noventa fueron su época de mayor éxito popular. Su último libro apareció en 2020, tras lo cual se apartó de la vida pública.
Las novelas y cuentos de Benni destilan lo más genuino e infantil de la literatura: la alegría de inventarlo todo y demostrar que nada es imposible. Lector voraz y enamorado de los libros, se reconocía cercano al escritor francés Daniel Pennac, quien lo consideraba su “hermano literario”. Su estilo transitaba con naturalidad de lo grotesco a lo surrealista, rozando lo sentimental y lo melancólico, siempre con un profundo humanismo.
“El sentido del humor me ha salvado la vida en muchas ocasiones”, confesaba. Y cuando le preguntaron qué libros se llevaría al cielo o al infierno, respondió: “No creo en ninguno de los dos. Pero, de ser como los describen, no serían lugares adecuados para leer. En uno los diablos te torturan y te cuentan el final de las novelas policiacas; en el otro los ángeles te bombardean con consejos de lectura y te censuran los textos”.

